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My World

jueves, marzo 30, 2006 a las 11:27 p. m.

Inutilidad Culinaria

Cada vez que tengo que cocinarme algo, recuerdo que soy un hijo de mamá, que sólo hace un año aprendí a hacer fideos, que no sé cocinar porotos y que todo me queda o muy salado o sin sal.
Y es que para mí el tema de la cocina es complicado: no nos llevamos bien y mientras más lejos el uno del otro, es mejor.
Prefiero hacer lo menos posible el almuerzo con mis propias manos, porque no es muy sabroso comer casi todos los días el mismo menú, ya que más allá de unos fideos recosidos, de un puré aguado, o de un arroz al borde de la quemazón, es poco lo que sé hacer.
Me doy cuenta de que nunca podré enamorar a alguien por la comida, es más, creo que es lo más mata-pasiones que hay en mí, porque cuando invito a alguien a comer a la casa, es siempre el comensal el que cocina y yo me limito a poner la mesa e ir a comprar la bebida. Simplemente no sé cocinar.
El año pasado era distinto, de lunes a viernes una señora regordeta me preparaba un menú como el de cualquier casa, que incluían legumbres, cazuelas y otras comidas típicas de familia chilena. El fin de semana, que nadie me cocinaba, generalmente comía en el Mall o me atrevía a preparar algo decente, que al menos aliviaba el hambre.
Pero este año es distinto, ahora que vivo con una amiga (que es igual de hija de mamá que yo), la hora del almuerzo se vuelve un problema. Recurrimos a lo básico, y mis manos culinarias poco experimentadas, intentan realizar algún plato digno de ser digerido. No es mucho lo que obtenemos: arroz con tomate y palta, puré con huevos, o fideos con salsa, pero al menos mi amiga siempre dice: "esta rico el almuerzo". No le queda otra, si no alaba lo poco y nada que sé hacer, lo tiene que preparar ella.
Ahora estamos descubriendo el mundo de las comidas instantáneas, nada mejor que una sopa que se hace en el microondas, o esos fideos tres minutos, o las comidas congeladas, que aunque sean puros transgénicos, igual ayudan a variar el menú diario.
Hace unos días pensé que tomando una receta por Internet podía hacer unos simples panqueques. El reto era sencillo y hasta conocido, más de alguna vez vi a mamá preparar panqueques. Ilusamente creí que sería fácil y que a la hora de las onces estaría comiendo unos ricos panqueques rellenos con manjar. Seguí las instrucciones al pie de la letra: harina, leche, huevos y agua. Todo mezclado debía dar una masa no muy espesa. Pero los problemas empezaron desde el principio, desde que comencé a batir la mezcla: saltó por todos lados y dejé la cocina inmunda. Pero no me importo y seguí con el pseudo intento gastronómico. Ya cuando tuve una masa, que según yo, parecía de panqueques, puse un poco sobre el sartén. Cuento corto: no se hicieron nunca, aunque intente más de tres veces con el sartén, se quemaron y la masa como que ni parecía de panqueques. ¡Un fiasco! Tuve que botar una fuente llena de una mezcla que vaya a saber Dios para que sirviese, pero para panqueques no.
Así que nunca esperen que los invite a comer a la casa, aunque si ustedes quieren cocinar, bienvenidos sean.
Creo que es hasta gracioso y cae en un suerte de ironía, ya que con un sobrepeso evidente, lo mínimo es que sepa cocinar algo bien, ¿o no?
Ahora me estoy abocando a buscar a alguien que me cocine a diario, y no es exactamente una nana lo que estoy buscando.

PD: Feliz Cumpleaños Beautiful Stranger. ¡Ya estás en los locos años veinte!

martes, marzo 07, 2006 a las 12:53 a. m.

Adiós Vacaciones, Bienvenida Realidad

Enero se fue volando y de febrero ni hablar. Aunque técnicamente mis vacaciones aún no terminan, están en franca retirada. Ya el jueves 9 me encontraré otra vez en la ciudad papaya, con dos bolsos con ropa, zapatillas y un montón de nuevas esperanzas y estaré otra vez en la búsqueda del lugar de residencia que me albergara por los próximos diez meses, y el lunes 13 cargaré una mochila ligera de cuadernos, subiré una colina relativamente empinada y comenzaré mi nuevo año universitario. Un año que creo se viene mejor que el anterior. Al menos eso espero.
Mis vacaciones se pasaron rápidas. Creo que todo el mundo dice lo mismo pero eso realmente siempre sucede. Mi rutina era simple: despertar-ducha-comida-desocupado, así de simple. Y eso fueron todos los días de mis vacaciones, salvo pequeñas excepciones que incluían las visitas de amigos, las salidas familiares con otra familia, los días de mall-ofertas con mamá, las lluvias estivales que cortaron caminos y que además le cambiaban la cara al verano y uno que otro carrete en alguna casa o en la disco, con amigos que no veré en los próximos diez meses.
Lo ultimo es verdad y triste a la vez, porque al ser de un pueblo (Calama es una ciudad, pero le decimos pueblo de cariño y a veces no tanto) en el que sólo existen un par de universidades privadas, una que otra sede (con casi cero de carreras) de alguna universidad tradicional y los típicos institutos que abundan por todo Chile, la mayoría de mis amigos emigran a alguna ciudad, cercana o lejana, a buscar algún futuro en alguna carrera que algún día les dará frutos, entonces separarse de tus amigos, que conoces por años, es algo inminente. Creo que a mi me ha costado acostumbrarme, este es recién mi segundo año, mientras tengo amigos que ya están haciendo practica, pero bueh, en diez meses más estaremos juntos, o quizás antes si nuestras vacaciones de invierno coinciden y será esa monotonía que me gusta y a la que estoy acostumbrado, esos abrazos sin pedirlos, esos besos porque sí y esos “te quiero amigo” porque salen del alma.
No conocí mucha gente en mis vacaciones, ni tampoco hice algún gran viaje; diez días en Antofagasta bastaron para renovar energías y que ocuparé durante todo este año.
Creo que este verano pasó sin más pena ni gloria. No es como cuando tienes tu primer amor de verano y lo recuerdas para siempre, o cuando realizas ese gran viaje mochiliando con tus amigos por Chile, o como la primera vez saliste del país y tuviste que conseguir algún empleo para obtener plata. No, nada de eso. Hay poco que recordar, pero lo poco es eso que alimenta, que me llena el alma y me da ganas de más, que me dice que diez meses se pueden pasar rápidos y que al volver todo puede seguir igual y nada va a cambiar, que me hace sentir que la Universidad es una linda etapa, y que ya estoy listo para seguir en la pelea.
Lo que este año marcara la diferencia será estar cerca de mi amiga Vanessa. A ella la conozco hace seis o siete años, cuando juntos emprendíamos el primer año de educación secundaria. En pocos días viajará a La Serena para tratar de convertirse en una psicóloga de La Universidad del Mar. Aún no sé si viviremos juntos, tampoco sé si las llamadas telefónicas serán tan seguidas como las que tenemos en Calama, si las conversaciones por MSN serán infinitas como siempre o si saldremos cada fin de semana (viernes y sábado, sagrado) a carretear como lo hacemos acá, lo único que sé es que el hecho de que se encuentra en la misma ciudad que yo es una inyección extra de fuerza para mi; sé que estará cuando la necesite y eso me llena de alegría. Esa es otra de las razones que me ayudaran a seguir. Es otra de las razones porque me voy feliz en este inicio de segundo año universitario.